jueves, 3 de julio de 2014

EL AMOR ES CRÉDULO

EL AMOR ES CRÉDULO
Marco Denevi

De regreso en Itaca, Odiseo cuenta sus aventuras desde que salió de Troya incendiada. Sólo obtiene sonrisas irónicas. La misma Penélope, su mujer, le dice en un tono indulgente: “Está bien, está bien. Ahora haz descansar tu imaginación y trata de dormir un poco”. Odiseo, enfurruñado, se levanta y se va a caminar por los jardines. Milena lo sigue, lo alcanza, le toma una mano: “Cuéntame, señor. Cuéntame lo que te pasó con las sirenas”. Sin detenerse, él la aparta con un ademán brutal: “Déjame en paz”. Como ignora que ella lo ama, ignora que ella le cree.


La hormiga

La hormiga

Marco Denevi

Un día las hormigas, pueblo progresista, inventan el vegetal artificial. Es una papilla fría y con sabor a hojalata. Pero al menos las releva de la necesidad de salir fuera de los hormigueros en procura de vegetales naturales. Así se salvan del fuego, del veneno, de las nubes insecticidas. Como el número de las hormigas es una cifra que tiende constantemente a crecer, al cabo de un tiempo hay tantas hormigas bajo tierra que es preciso ampliar los hormigueros. Las galerías se expanden, se entrecruzan, terminan por confundirse en un solo Gran Hormiguero bajo la dirección de una sola Gran Hormiga. Por las dudas, las salidas al exterior son tapiadas a cal y canto. Se suceden las generaciones. Como nunca han franqueado los límites del Gran Hormiguero, incurren en el error de lógica de indentificarlo con el Gran Universo. Pero cierta vez una hormiga se extravía por unos corredores en ruinas, distingue una luz lejana, unos destellos, se aproxima y descubre una boca de salida cuya clausura se ha desmoronado. Con el corazón palpitante, la hormiga sale a la superficie de la tierra. Ve una mañana. Ve un jardín. Ve tallos, hojas, yemas, brotes, pétalos, estambres, rocío. Ve una rosa amarilla. Todos sus instintos despiertan bruscamente. Se abalanza sobre las plantas y empieza a talar, a cortar y a comer. Se da un atracón. Después, relamiéndose, decide volver al Gran Hormiguero con la noticia. Busca a sus hermanas, trata de explicarles lo que ha visto, grita: "Arriba...luz...jardín...hojas...verde...flores..." Las demás hormigas no comprenden una sola palabra de aquel lenguaje delirante, creen que la hormiga ha enloquecido y la matan.

(Escrito por Pavel Vodnik un día antes de suicidarse. El texto de la fábula apareció en el número 12 de la revista Szpilki y le valió a su director, Jerzy Kott, una multa de cien znacks.)

Marco Denevi
Falsificaciones (1966)

GÉNESIS, 2

GÉNESIS, 2
(cuento)
Marco Denevi
Imaginad que un día estalla una guerra atómica. Los hombres y las ciudades desaparecen. Toda la tierra es como un vasto desierto calcinado. Pero imaginad también que en cierta región sobreviva un niño, hijo de un jerarca de la civilización recién extinguida. El niño se alimenta de raíces y duerme en una caverna. Durante mucho tiempo, aturdido por el horror de la catástrofe, sólo sabe llorar y clamar por su padre. Después sus recuerdos se oscurecen, se disgregan, se vuelven arbitrarios y cambiantes como un sueño. Su terror se transforma en un vago miedo. A ratos recuerda, con indecible nostalgia, el mundo ordenado y abrigado donde su padre le sonreía o lo amonestaba, o ascendía  (en una nave espacial) envuelto en fuego y en estrépito hasta perderse entre las nubes. Entonces, loco de soledad, cae de rodillas e improvisa una oración, un cántico de lamento. Entretanto la tierra reverdece: de nuevo brota la vegetación, las plantas se cubren de flores, los árboles se cargan de frutos. El niño, convertido en un muchacho, comienza a explorar la comarca. Un día ve un ave. Otro día ve un lobo. Otro día, inesperadamente, se halla frente a una joven de su edad que, lo mismo que él, ha sobrevivido a los estragos de la guerra nuclear. Se miran, se toman de la mano: ya están a salvo de la soledad. Balbucean sus respectivos idiomas, con cuyos restos forman un nuevo idioma. Se llaman, a sí mismos, Hombre y Mujer. Tienen hijos. Varios miles de años más tarde una religión se habrá propagado entre los descendientes de ese Hombre y de esa Mujer, con el padre del Hombre como Dios y el recuerdo de la civilización anterior a la guerra como un Paraíso perdido.

jueves, 12 de junio de 2014

Titina vieja nomás!, Eduardo Gudiño Kieffer


Cuento incluido en el libro “FABULARIO” de Eduardo Gudiño Kieffer en 1969.



¡Titina vieja nomás!

Sucede en todos los parques: al atardecer amanecer el miedo.
En las avenidas de Hampton Court, junto al lago de Palermo, entre los tilos de Wilhemshöle, en cualquier rincón del Bois. 

Ustedes lo saben, seguro. Más de una vez se habrán encontrado, quizás sin querer, en un parque a la hora en que los gualdas se transforman en grises y en violetas; cuando los árboles tiemblan y no de frío, cuando los cisnes se ocultan y la algarabía de los gorriones no es precisamente alegre. 

A pesar de la radio a transistores y del silbido que nos sale desafinado, a pesar de nada y a pesar de todo, es imposible evitar esa sensación aquí, justito aquí, en el hueco de la garganta; ese miedo casi físico o del todo físico. 

Y quién sabe por qué, quién sabe cómo. ¿No es cierto, Belgrave? El sol baja y el miedo sube. Ahora que caminás solo te das cuenta.

Es como si te cercaran mil presencias desconocidas, mil Titinas sobrenaturales que pueden surgir del agua, del follaje o de las glorietas, con la roja pollera acampanada y la blusa blanca pero también con un halo de sombre y las cuencas de los ojos vacías.

Esto es, Belgrave: sentate de espaldas a un tronco. Si las sombras avanzan les darás la cara. 

No te pongás así,es sólo un poco de viento, un poco de viento que pulsa los cipreses y las casuarinas. 

También ¿cómo se te ocurrió citar a tu nueva conquista en este parque? Éste era el lugar de Titina. “Titina vieja, nomás!, como solías decirle. 

Está bien, sí, Titina ya no existe, se ha transformado en menos que un recuerdo desde que nos dijiste basta, esto no puede seguir (buscate otro tipo percanta que yo no soy de los giles que se casan porque dejan a una mina de encargue). 

¡Pobre Titina idiota! Hasta dicen por ahí que se murió porque tomó no sé qué cantidad de genioles. 
 
¡Genioles! Los genioles no matan, y por otra parte una con cinco de clase se pega un tiro o se arroja desde un cuarto piso, lo menos. 


¿Cierto, Belgrave? Pero la culpa es tuya, pelotas, por engrupir a una empleadita de tienda vulgar y silvestre. 

¡Vos, belgrave, vos que te pareces a Marcelo Mastroini y que nunca pifiás con las mujeres! Cualquiera hubiera sido mejor que Titina, pore supuesto. Acordate de la pituca aquella, la de Iturbe Nosecuantos. 

Y esa otra, reina del girasol o algo así, tan gringuita pero tan mona… 

No, si cualquiera hubiera sido mejor. 

¡Pero cuando vos te entusiasmás!... 

“¡Titina viena, nomás!”, le decías a cada rato porque te gustaban sus ojos y ese hociquito de Bambi en decadencia. 

No era fea… ¡pero tan flaquita! ¡Menos carne que una bicicleta, viejo! 

Y para colmo el barrio y la mamá gorda y vos de novio y ravioles los domingos y ella tan honesta quiero conservarme pura pero no mi alma dame una prueba de tu amor y después las concesiones y en el momento oportuno voy a tener un chico qué hago. 

Vos estuviste espléndido, Belgrave, piolísimo. 

Hiciste bien: casarte por obligación es condenarse y condenar, jodete por sonsa, Titina, yo nunca te hablé de azahares ni de ta tan tatán, la vida hay que vivirla y yo tengo mil posibilidades, titina vieja nomás, ya vas a ver como dentro de un mes ni te acordás de mí, yo no soy para vos, yo soy medio vago y muy bacán, olvidame por tu bien y te beso en la frente. 

Y resulta que a los dos días te enterás de la horrible cosa por los muchachos, jugando al billar. Y hasta ves pasar el entierro de Titina.

¡Ay, Belgrave! ¡Qué cosa fea los entierros! 

¡Y qué cosa fea pensar en entierros cuando uno está en el parque, esperando a una piba más o menos linda y más o menos fácil! 

Vamos, parate y caminá hasta el rosedal. 

¿Qué? ¿Vas a ir por la avenida principal? 

¡Pero si podés acorar camino tomando ese senderito que serpentea entre las acacias, a tu derecha!

¿Tenés miedo? No, ya me parecía que no. 

Claro que hace un poco de frío, aquí nunca da el sol, mirá cuantos helechos y qué oscuro está todo, envuelto en una especie de neblina pegajosa.

Si te levantás el cuello del saco, tal vez…

¡Pero no! ¡Si no hay un alma!

¿Qué es eso? ¿Por qué te detenés, Belgrave?

¿Fue el roce de una roja pollera acampanada? 

Otra vez Titina, Titina escondiéndose detrás de los gruesos troncos, Titina entre los helechos, Titina en la niebla, Titina mi Titina te busco por, no corrás, Belgrave, el rosedal queda para el otro lado y allí te están esperando, te están esperando, te esperarán en vano, Belgrave.

En vano. 

Porque dentro de un minuto, justo cuando enceguecido y corriendo y buscando la seguridad de un café crucés la calle, pasará un gran camión rojo y chau Belgrave; mañana los diarios dirán un luctuoso accidente troncha joven vida etcétera.
Pero a nadie se le ocurrirá agregar un pequeño detalle, un ínfimo detalle: la frase que el camionero feliz ha hecho pintar con letras blancas, entre guirnaldas y firuletes, en el frente de su vehículo. La frase que hace sonreír a veces: “Titina vieja, nomás”.

Los votos de la hermana Fessue, Eduardo Gudiño Kieffer

Los votos de la hermana Fessue
- “He sabido, hijas mías, que los invasores ganaron el vado con puentes y barcaza, desparramándose por labrantíos y poblados indefensos, pasando a cuchillo a los campesinos y a los burgueses, incendiando trigales, violando ancianas y doncellas, estrangulando niños y saqueando cuanto pueden. He sabido que no respetan habito, tonsuras o lugares sagrados. Nuestro amado Arzobispo ha sido colgado de un árbol del camposanto y pende allí, comido por los buitres. Las hordas del demonio avanzan pisoteando los Evangelios, burlándose del nombre de Dios y del de su Madre. Solo tienen sed de sangre, carne y oro… Están a pocas leguas de aquí. Mañana mismo se encontraran frente a los muros del Convento. Golpearan estas puertas hasta derribarlas y no habrá oración que los detenga, no habrá palabra capaz de desarmarlos. Correrán por los claustros, penetraran las celdas y en la capilla, caerán sobre nosotras como lobos famélicos. Y nosotras, ovejas mías, no nos perteneceremos: somos esposas de Cristo. Frágiles pero fieles. He orado, hermanas, y os convoco para deciros mi decisión, inspirada por el Espíritu Santo: hemos de irnos cuanto antes, rumbo al castillo, para invocar la protección del Sire de Vede y colocarnos bajo sus armas. Hemos de dejar estas queridas paredes entre las que prometimos encerrarnos de por vida para cantar loas a la Santísima Trinidad. Hemos de quebrar, oh dolor, nuestro voto de reclusión perpetua, pues guardarlo significaría perder esta virginidad dedicada a nuestro Amantímo Esposo… Dios sabrá perdonarnos.Y su Madre, que como nosotras tuvo la suerte y la bendición de no haber conocido varón, intercederá por la salud de nuestras almas, preservada sin duda si preservamos la integridad de nuestros cuerpos.”
Así habló la Abadesa ante los llantos y algún grito histérico de las monjas aterradas, que se retorcían las manos y clamaban protección divina. Le costó buen tiempo serenarlas un poco y organizar la partida: las hermanas Agnes, Blanche y Geneviére se encargarían de las magras provisiones; la tornera clausuraría puertas y ventanas; otras se turnarían para salmodiar durante el camino, ocupándose de ayudarse mutuamente y de protegerse. En cuanto a la hermana Fessue, conocida por su piedad ejemplar, tendría a cargo la tarea principal: custodiar el crucifijo de oro macizo que sacarían del altar para llevarlo, e impedir así que fuera profanado y robado.
Pero la hermana Fessue, arrodillándose frente a la Abadesa y bajando los ojos dijo: - “No me pidáis eso, Madre. Llevaos el crucifijo, los vasos sagrados, todo cuanto queráis. Idos vosotras mismas, si crees realmente que puede quebrarse el severo voto de clausura. Pero dejadme aquí en el Convento. No me importa quedarme sola, no me importa sufrir el martirio que el Cielo me depara. Porque mucho peor seria para mi romper el juramento, salir de este lugar, de estos claustros, de este huerto en el que prometí quedarme mientras viva para adorar mejor a mi Divino Esposo. Irme seria renegar de Él, adjurar de mi fe, ceder a la tentación de abandonarlo, volver el rostro a Dios. Irme seria como morir espiritualmente y por mi propia voluntad. Se que de hacerlo, en el Valle de Josafat se me acusaría de perjura y se me colocaría del lado de los réprobos. Quiero quedarme: elijo el martirio”.
La Abadesa comprendió. La actitud de la hermana Fessue era terrible pero digna. La bendijo, pues, dejándola arrodillada sobre las losas frías, ante la desesperación de las otras que lloraban, suplicaban y se rasgaban las vestiduras. La resignada, heroica y noblisima decisión de la hermana Fessue era como una aureola a su alrededor, y la Abadesa pensó que llegaría el momento en que hablaría de ello con algún alto prelado, y que quizás encontraran, pasadas las guerras, el cadáver de la mártir incorrupto y oliendo a rosas. Seria la gloria del Convento.
Llegó el momento en que todo estuvo dispuesto. Las monjas salieron del amenazado reducto, una tras otra, despidiéndose de la que quedaba como si se hubieran despedido de una santa. Con veneración, con susurros, casi con adoración. Cuando la puerta enorme y rechinante se cerró detrás de la ultima cordera asustada, la Hermana Fessue levantó los parpados. Se puso lentamente de pie. Buscó en la cocina un carboncillo y con el comenzó a dibujar prolijamente una linea oscura debajo de sus ojos, al tiempo que se mordía fuertemente los labios para tenerlos de un rojo intenso cuando llegara la soldadesca. Tenia la conciencia tranquila puesto que guardaba el voto de no salir de allí. Cumplía hasta el final las reglas de clausura. Y - esto lo pensó mientras se quitaba la toca, soltaba su esplendida cabellera rojiza y se rasgaba los hábitos - nunca había hecho votos de no ser violada.
"Nunca dejes pasar la ocasión de guardar un juramento"

AUTOBIOGRIA DE E. Gudiño Kieffer

Eduardo Gudiño Kieffer

Yo nací junto conmigo el 2 de noviembre de 1935, en una ciudad que se llama Esperanza y que está en la provincia de Santa Fe, República Argentina.
Como te iba diciendo: yo nací junto conmigo. Somos algo así como gemelos. Aunque te confieso que yo no siempre me llevo demasiado bien conmigo, y conmigo no siempre se lleva demasiado bien con yo. ¡Qué lío! ¿Pero acaso tú estás siempre de acuerdo contigo? ¿No se te ocurre una cosa por un lado y exactamente lo contrario por otro? En fin, estas preguntas hay que hacérselas frente al espejo, porque conmigo (o contigo) es el que está del otro lado.
De todos modos, yo y conmigo coincidimos en muchas cosas. Por ejemplo: en el color del nombre de la ciudad donde nacimos. Esperanza. Es verde como los campos que la rodean, y en ciertas épocas dorado como los campos que la rodean. Y huele como los campos que la rodean. El papá y la mamá de yo y conmigo eran maestros de escuela. Los trasladaban a distintos lugares de la provincia. Así, además de Esperanza, vivimos en Centeno, en San Jerónimo Norte, en Villa Ocampo y en Reconquista.
Yo y conmigo también armonizamos en el hermoso recuerdo de las maestras que nos aguantaron en la escuela primaria; la señora Herminda Bouvier de Ciribé, la señora Juanita del Valle, la (entonces) señorita Beatriz Paravano Bielsa y la señora Isabel Heer de Beaugé. A todas las quisimos montones, y todas tienen la culpa de que yo y conmigo seamos escritores. Porque en lugar de decirnos “hay que dedicarse a una profesión lucrativa”, se dedicaron a fomentarnos el amor por las palabras, por la belleza, por la lectura, por los mitos y las leyendas, por la historia. Sí, ellas tienen la culpa. Y por eso tenernos que darles las gracias.
Pero también tienen la culpa nuestros padres que nos enseñaron que nada hay más lindo que leer y que poder expresarse escribiendo. Y esas adoradas tías, en cuya biblioteca descubrimos, a través de libros y libros, lo que un poeta francés llamado Paul Éluard resume en una sola frase: “Hay otros mundos, pero están en éste”.
Yo y conmigo somos el mayor; después están mi hermana Marita que vive en Estados Unidos, Blanquita que vive en Santa Fe, Aixa que vive en Zapala (Neuquén) y Cristina que vive en Buenos Aires. Las nombramos porque yo estoy celoso de conmigo cuando pienso en ellas, y conmigo está celoso de yo cuando las recuerda. Aunque estamos separados, somos una familia. No hay distancias para los lazos de la sangre.
Hicimos el secundario en el Liceo Militar General Belgrano de Santa Fe. ¡Uy, ahí sí que nos peleamos! Yo quería irme, conmigo quería quedarse. Al final ganó él: cumplimos los cinco años y egresamos con el título de bachiller y subteniente de reserva (lo pongo en singular porque nos dieron un solo diploma para los dos).
Empezamos a estudiar derecho de mutuo acuerdo. A ninguno de los dos nos entusiasmaba demasiado, pero como se decía en ese entonces: “serás lo que debas ser o si no serás abogado”. Logramos recibirnos después de innumerables bostezos. Para entonces ya habíamos escrito entre ambos un poema a la madre. Pobre mamá, siempre creyó que tenía un solo hijo. No sé si alguna vez se dio cuenta de que había dos adentro de un solo cuerpo.
Por suerte yo y conmigo no tuvimos problemas sentimentales: nos enamoramos muchas veces de mentira y una sola de verdad. Nos casamos los dos con la misma chica y tenemos ahora tres muchachitos: Florencio, Nicolás y Agustín. Cuando los miro me pregunto: ¿serán tres o serán seis? Porque si en cada uno hay dos…
Después de vivir un tiempo en París decidimos no quedarnos en Santa Fe y venir a Buenos Aires. Y aquí la vocación literaria empezó a convertirse en carrera. En 1968 se publicó Para comerte mejor, un libro que trata de un tipo que tiene también a un yo y a un conmigo adentro, pero los llama de una manera que no te voy a contar ahora. En 1969 salió Fabulario, en 1970 Carta abierta a Buenos Aires violento, en 1972 Guía de Pecadores, en 1975 La hora de María y el Pájaro de Oro y Será por eso que la quiero tanto, en 1976 Kokah de lujo y en 1979 Medidas negras, peluca rubia. ¿Quién los escribió? ¿Yo o conmigo? Para ser sincero, creo que fueron obras en colaboración. (…) Lo que yo quería contarte aquí es quién soy. Ya ves: no estoy muy seguro. ¡Ni siquiera sé si esta autobiografía la escribe yo o si la escribe conmigo!